Visiones de los peruanos sobre su futuro [ES]
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- Published on Tuesday, 23 August 2011 06:04
- Written by Lima
PERCEPCIÓN DE LOS PERUANOS SOBRE SU FUTURO
Para poder responder cómo ven los peruanos su futuro, debemos necesariamente partir de la imagen del presente: ¿Cómo sienten al Perú los peruanos hoy? Raúl Mauro (2010) llama la atención sobre una particularidad: en el primer discurso de Alan García al ser electo como presidente en el 2006, este cuestionaba que su antecesor, Alejando Toledo, hubiese logrado un crecimiento económico de aproximadamente 25% pero una reducción de la pobreza de tan solo dos puntos porcentuales. Frente a esto, añadía el recientemente electo presidente, buscaría crear un Estado de democracia y justicia social para el Pueblo (p. 181). Pese a esta gran crítica y una nueva propuesta esperanzadora, continúa Mauro, para el 2010 existe un fuerte descontento social a pesar de que el crecimiento económico ha sido sostenido.
¿Cómo se expresaría este descontento social? Raúl Mauro continúa diciendo que un indicador podría ser el crecimiento en la cantidad de peruanos que migran fuera del país buscando mayores oportunidades[1]. Teófilo Altamirano (2007) explica que la mayor parte de los migrantes son jóvenes, generalmente con estudios universitarios, que buscan insertarse en un mercado laboral más amplio. En un estudio introductorio de Juan Ansión (2007) se encuentra que la impresión que tienen los jóvenes es que a aquellos que salen del país les va mejor porque encuentran fuera mayores oportunidades de trabajo y mejores remuneraciones. De esto se desprende la idea de que no ven al Perú como un espacio apropiado para su desenvolvimiento personal y profesional, tesis que es confirmada por Javier Iguíñiz (2007) quien observa una relación positiva entre el desempleo y la migración.
El Perú y sus habitantes están relacionados con otros países más allá del vínculo migratorio. Para Orlando Plaza (2009) resulta evidente que el Perú está insertado en sistemas intersocietarios de distintas maneras, participando de esta manera en la globalización. Lo que resulta problemático, añade, es que las acciones y políticas gubernamentales muchas veces tienden a favorecer a ciertos grupos, o minimizan a otros. Un ejemplo de este accionar podría verse en la firma de Tratados de Libre Comercio (TLC) en general y para el caso del TLC con Estados Unidos en particular. En el 2005, Javier Diez Canseco escribía que las condiciones en las que se negociaba el tratado no reconocían la asimetría en las relaciones y recursos[2] del Perú y de los EE.UU. Para él, el tratado tendría que ser repensado sobre la base de una consideración de las demandas del pueblo peruano y no en una oficina cerrada. Esto supondría buscar sentar bases para escuchar y beneficiar a pequeños agricultores andinos, garantizar el acceso a medicinas de bajo costo, así como garantizar que se respete la biodiversidad del suelo peruano. A un año de la firma del TLC con los EE.UU., Alejandra Loayza (2007) reiteraba que las condiciones bajo las que se firmó dicho tratado ponen al Perú en una clara situación de desventaja. Más adelante menciona que el Congreso asume, sin informarse al respecto, que la aprobación del TLC es general, abandonando así la posibilidad al diálogo y consenso.
Retomando las ideas expresadas al inicio de este acápite se tendría que decir entonces que efectivamente se observa un crecimiento económico, y con él también se da una disminución de la pobreza, pero esta disminución no sólo es lenta y pequeña en términos porcentuales, sino que además va acompañada de procesos de inequidad en donde las diferencias en la calidad de vida entre la capital y el resto del país son muy grandes. (Mauro, 2009).
Valdría la pena observar entonces, los resultados de una encuesta realizada por el Instituto de Opinión Pública en julio del 2010. En ella encuestados de distintas regiones del Perú dieron sus opiniones acerca de las percepciones sobre Lima y sus habitantes. Como primeras observaciones destacan que un 54% opina que en su región se vive o igual o mejor que en Lima y que sólo un 18% de los encuestados señaló que migraría a la capital. Los principales puntos negativos observados en Lima son su inseguridad y su caos. Se podría hablar, quizás, de una sensación de bienestar general. En un análisis de la encuesta, Javier Torres hace hincapié en que esta sensación de bienestar o progreso no se da en todas las regiones, sino que se observa algunas cuantas de manera particular. Frente a esto es que se entiende que un 43% señala que en su localidad se vive peor que en la capital. Un poco más directo es el 79% de encuestados que opina que en general se ha venido dando una particular atención a Lima, en perjuicio de otras regiones del país.
Se observa así, que existe, tal como señala Mauro (2009), diferencias entre la manera en que Lima y las regiones han evolucionado en los últimos años en la percepción de los propios peruanos. Existe a su vez, como señalan Luis Chirinos, Javier Torres, Teófilo Altamirano y Rafo León para el IOP (2010b), una percepción de mejoría en el país. No se puede entender este fenómeno como una contradicción, entonces, sino como una muestra de que pese a situaciones desfavorables, existe una valoración positiva del país.
En tal sentido, podríamos hablar de dos posturas dominantes frente al futuro. Una primera cuyo grupo representante se encuentra concentrado en buena medida en Lima en el cual el Perú se transforma en un país moderno e integrado a los flujos globales gracias a la política económica de libre mercado que ha adoptado el Perú en los últimos 20 años, y que ve con mucho optimismo las posibilidades de crecimiento que presenta la continuidad del modelo actual. La segunda estaría, por el contrario, muy presente en la periferia de la capital y el resto de regiones del país, que adolecen de estar en una posición no privilegiada en las dinámicas de libre mercado, a lo cual se suma la ausencia del Estado y, por lo tanto, de políticas redistributivas que permitan generar un mínimo de bienestar socioeconómico.
VISIONES DE LA SOCIEDAD PERUANA SOBRE SU FUTURO
La imagen que existe del país no es única sino que varía de acuerdo al tiempo histórico y la posición social desde donde se le imagine. Mientras que algunos lo ven hoy en día como un país dividido en donde aún se utilizan categorías como la raza y la cultura como principios para segmentar y discriminar a la población, otros lo ven como un país de riquezas y oportunidades que está camino a transformarse en un país “desarrollado”. No obstante, la historia constantemente nos recuerda que el Perú viene arrastrando dilemas y conflictos irresueltos desde su origen a los cuales se les suman nuevos conflictos y que afectan considerablemente las imágenes colectivas que se construyen sobre la sociedad peruana.
En un inicio, la sociedad peruana estuvo estructurada en base a estamentos, entre los cuales se podía distinguir dos grandes grupos opuestos e incompatibles. Por un lado, estaba la República de Españoles, compuesta por españoles y criollos, y por el otro, la república de Indios, en donde se situaban tanto indígenas plebeyos como también la nobleza indígena. La superioridad racial y cultural de los primeros sobre los segundos era un hecho reconocido tanto por los intelectuales de la época como a través del sentido común de las personas, era una verdad. Si bien la independencia puso fin a la dominación de la corona española, las estructuras sociales de la sociedad colonial se mantuvieron a la vez que se añadieron nuevas estructuras características de las sociedades modernas capitalistas, configurando así una realidad social bastante compleja y llena de contradicciones y tensiones. Este proceso es denominado por Trazegnies como Modernización Tradicionalista (Trazegnies, 1987), y en el Perú esto se da debido a que el proceso de independencia es dirigido únicamente por los criollos que buscaban separarse de España, excluyendo del mismo a la población indígena. De este modo, estos últimos no se transforman en los nuevos ciudadanos de la nación peruana y la idea de la inferioridad del indio casi no fue cuestionada al menos hasta inicios del siglo XX, en donde los intelectuales de la época empiezan a cuestionarla (Rochabrún, 2007, 104).
Durante el último siglo, la sociedad peruana ha atravesado una serie de transformaciones sociales, económicas, políticas y demográficas que han a su vez cambiado los imaginarios sobre el Perú de toda la población. Sin embargo, así como la estructura social no ha logrado librarse del todo de la herencia colonial, así también la idea hegemónica sobre la sociedad peruana tampoco ha logrado abandonar por completo categorías como el racismo. (Callirgos, 1993). Para Callirgos durante la guerra interna entre el Estado y Sendero Luminoso surgen ejemplos de racismo llevado a los extremos. Se expresa, por ejemplo al calificar de a individuos de rasgos andinos, explicaciones racistas, por parte de las élites para dar cuenta del origen de la violencia en el resentimiento de los “cholos” hacia los “blancos”. En relación a este tema, Degregori (2005), por otro lado, diría que los peruanos en general y las elites en particular se insensibilizaron durante el conflicto armado interno.
Vista la sociedad desde una perspectiva de las capacidades adquisitivas y de la posición de los peruanos en la estructura económica, también se le encuentran grandes diferencias. Señala Martín Benavides (2007) que las desigualdades son grandes, separando a los más ricos de los más pobres de manera rígida. Sin embargo, en el centro existe una gran movilidad (p.131).
Por esta amplia movilidad es que se podría entender la autoidentificación de ciertos grupos como pertenecientes a la clase media. Gonzalo Portocarrero (1998) señala que este proceso corresponde no sólo a una concepción de que se es un ciudadano “promedio”, respetado por el Estado, sino también a que se compartirían ciertos “credos” sociales y normas de comportamiento. Se definirán, frente a quienes se encuentren por debajo de ellos en términos “clasistas” como progresistas o cultos, pero al compararse con quienes posean más que ellos como esforzados trabajadores que rechazan la frivolidad del mundo de los ricos. Es por esto, añade Portocarrero, que quienes se sitúan como miembros de las clases medias, están situados en un espacio ambiguo. No existe un conjunto de características que los pueda describir cabalmente como miembros de la clase que se señala.
Dicho esto, entonces, se generan dudas acerca de cómo es que las clases se estructuran en el país. Para Benavides (2007) si bien se observan “años patrones de desigualdad y de reproducción social, con comportamientos poco estructurantes en términos de clase. Así, la sociedad peruana de los últimos años ha sido más una sociedad de clases a medias que una sociedad de clases medias”. Con esto pretende decir que no existen patrones ni comportamientos que permitan agrupar a los individuos, según su posición en la arena de la economía, en clases claramente definidas.
Existen elementos con los que se podrían definir clases sociales. Para Carmen Rosa Balbi y Carlos Arámbulo (2009) las clases se miden por distintos elementos entre los que están no sólo los ingresos económicos, el poder adquisitivo y la educación de los individuos, sino también elementos de índole étnico racial. Otros investigadores añadirían otros elementos para la consideración de las categorías de clase, pero lo cierto es que para poder realizar este ejercicio es necesario considerar no sólo el estado actual de estos grupos, sino, como se ha visto anteriormente, de elementos históricos que pasan por los afectos y aspiraciones de estatus de los pobladores.
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[1]Las cifras de migración internacional para el 2001 fueron de 66’000, en el 2004 de 204’000 y de 292’000 para el 2009
[2]Desde recursos humanos (personal calificado) hasta tecnológicos, existe una enorme brecha entre Perú, país que desarrolla básicamente el sector primario de la producción, y EEUU, cuya economía descansa básicamente en los sectores secundario y terciario.








