La conurbación de Santiago de Chile
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- Published on Friday, 30 September 2011 20:08
- Written by Santiago de Chili
Coordinación: Rosanna Forray • Oscar Figueroa
Colaboración: Alejandra Rasse • Cristhian Figueroa • Yasna Contreras • Rocío Hidalgo • Alejandro Cortés • Paulette Landon
3. Descripción de la conurbación
Santiago constituye una de las principales conurbaciones dentro de Chile incluyendo 25 comunas completas y 9 territorios urbanos de forma parcial, específicamente las comunas de Quilicura, Huechuraba, Pudahuel, Maipú, La Florida, Puente Alto, Peñalolén, Lo Barnechea y San Bernardo. Por Área Metropolitana de Santiago (A.M.S.), Gran Santiago o Ciudad Central se entenderá el territorio que comprende 34 comunas, de las cuales 32 corresponden a la Provincia de Santiago más San Bernardo y Puente Alto. Algunas cifras al año 2002 sostienen que la Ciudad Central o A.M.S. se extendía sobre 641,4 km² y tenía una población de 5.428.590 habitantes lo que equivale a cerca del 35,9% de la población total del país. Al 2010 la ciudad central tenía 6.060.077 habitantes.
Lo interesante del crecimiento de la ciudad de en los últimos años, es que luego de un proceso de conurbación más antiguo que se produce cuando en la década de los ochentas se integran a las comunas de Puente Alto, San Bernardo, Maipú y Quilicura se verifica una segunda etapa de integración de la ciudad, a través de una expansión discontinua o salto de rana (leap frog). Dentro de la expansión discontinua se incorporan Colina-Chicureo, Lampa, Padre Hurtado que hoy son consideramos como parte del Área Metropolitana de Santiago.
La Figura 2 muestra por un lado la Ciudad Central en color anaranjado y se incorporan dentro del mismo tono todas las áreas urbanas de las localidades de la Región Metropolitana de Santiago (RMS[1]). En color “azul” en cambio, están representadas las nuevas urbanizaciones de la expansión discontinua que han sido planificadas por el Estado como forma de controlar y regular el crecimiento expansivo de la ciudad. Tales áreas son denominadas Zonas de Desarrollo Condicionado (Zoduc) y Proyectos de Desarrollo Urbano Condicionado (Pduc). Las Zoduc corresponden a grandes superficies de terreno ya reservadas para grandes proyectos inmobiliarios por parte del Estado y de los privado, debiendo cumplir dos tipos de exigencias: pagar los impactos ambientales que generan, la infraestructura que requieren tanto fuera como dentro de la Zoduc y respetar densidades, suficiencias de equipamientos, mezclas de usos y un porcentaje de viviendas sociales (Poduje, 2006). Las Pduc, en cambio, corresponden a iniciativas de particulares en ciertas zonas definidas por el Ministerio de Vivienda, a través de sus instrumentos de planificación territorial[2]. También debe someterse a exigencias en términos de suficiencias de equipamientos, infraestructura y mezcla de usos, aunque tienen una escala más reducida respecto a las Zoduc.
Fig. 2. Ciudad Central y Expansión Discontinua.

Fuente: Equipo IVM, en base a datos OCUC-PUC.
En seis décadas la ciudad central de Santiago o A.M.S. no perdió su condición macro-cefálica. Para principios del siglo XXI es 6.5 veces el tamaño de la siguiente ciudad “Valparaíso”. Los cambios en los patrones de migración y movilidad en la ciudad de Santiago, comienzan a observarse y a intensificarse a partir de la década de los ochentas. Al respecto, los antecedentes derivados de los Censos de Población y Vivienda (1982 y 1992), posicionan a la ciudad de Santiago como una metrópolis con creciente gravitación en el total nacional y con primacía en el sistema urbano nacional (Rodríguez y Villa, 1996; De Mattos, 1999; De Mattos, 2001). Sin embargo, los resultados derivados del último período intercensal (1997-2002), reflejan una reducción del peso de la gravitación del AMS en el sistema urbano, que es contrarrestado por un aumento de la tasa de natalidad entre 1992 y 2000 (20,98) sobre el promedio país (20,60) (Rodríguez, 2007).
Cuadro 1. Principales datos de la Ciudad Central y del área de “Expansión discontinua”

* 32 comunas de provincia de Santiago, 33 Puente Alto y 34 San Bernardo.
** 35 Colina-Chicureo, 36 Lampa, 37 Padre Hurtado y 38 Lampa.
[1] Censos de Población y Vivienda (INE) del año 2002.
[2] Encuesta Nacional de Empleo de la Universidad de Chile realizada en el año 2010.
Finalmente, el cuadro 1 muestra algunos datos generales tanto para la ciudad central o AMS, así como también para el área de expansión discontinua. Sin embargo, debido a que dichas zonas se anexan al crecimiento urbano por “salto de rana”, después del último Censo de Población y Vivienda (2002) no existen datos demográficos y de empleo. La información en la mayoría de los casos está contenida para la ciudad central y se desprende de los datos entregados por los desarrolladores inmobiliarios que construyen sobre las áreas de expansión discontinua.
3.1. Más que conurbación, expansión urbana discontinua y densificación
La forma de crecimiento urbano de la ciudad de Santiago en los últimos años más que encajar con la conurbación -que sí fue significativa durante los años setentas y ochentas cuando se anexaron las comunas de Puente Alto y posteriormente, San Bernardo, Maipú y Quilicura- es preferible asumir que el crecimiento hoy se produce por salto de rana, leap frog o expansión discontinua (Figura 2). Esto último responde a lo que Figueroa y Rodríguez (2005) consideran como la tercera forma de crecimiento de la ciudad, además de la densificación y extensión. El crecimiento por salto de rana “expresa un crecimiento que abandona el tradicional proceso de agregación continua en las periferias y se asocia más bien a nodos preexistentes, con el fin de gozar de los beneficios otorgados por la accesibilidad. Esta situación se expresa entonces en un crecimiento discontinuo en torno al área de influencia de poblados periféricos” (ibid, p.9).
Las causas a esta nueva forma de crecimiento, aluden al aumento del ingreso de la población, a la generación de una oferta privada de autopistas urbanas que alimentan el aumento en la tasa de motorización de las clases medias altas y altas que acceden a una localización residencial cada vez más alejadas. Bajo esta modalidad de crecimiento. surgen en los años noventas diferentes zonas de expansión urbana dentro de las cuales destacan Chicureo en Colina y Larapinta en Lampa (Figura 2), todas ellas zonas planificadas por el Estado para controlar y regular el crecimiento urbano.
El crecimiento por expansión discontinua (ciudad difusa) de los últimos quince años, responde a las demandas de clases medias y medias altas con movilidad social ascendente que atribuyen a zonas periféricas preferencias residenciales significativas. Responden a un modo de vida “suburbano”, buscadores del entre sí, la seguridad, el verde y el aislamiento respecto a los malestares de la ciudad. Sus formas de movilidad están sustentadas en el automóvil y en las autopistas urbanas que permiten conectarlos con la ciudad central, con sus fuentes de empleos y con sus redes sociales y familiares, muchas de las cuales están asentadas en la zona oriente de altos ingresos de la ciudad.
De forma complementaria al modelo anterior, y más tempranamente surgió la ciudad de la expansión (Figueroa y Rodríguez, 2005). Este modelo es característico de los años ochentas y noventas y está asociado a la búsqueda de suelos más baratos lo que implica alejarse del centro. El resultado de esta forma de crecimiento fue el desplazamiento de los límites de la ciudad. La transformación de estos suelos de rurales en urbanos se hace a través de proyectos asociados a formas de expansión suburbana, con desarrollos en baja densidad y parcelas de mayor tamaño. A ello se sumó la extensión paralela de las redes viales, que mejoran la accesibilidad de la periferia, pero también se explica por el aumento del ingreso de las clases medias y la generación de una oferta inmobiliaria privada en zonas periféricas alejadas y bien conectadas a la ciudad.
Finalmente, y de forma paralela a los dos modelos de crecimiento urbano descritos anteriormente, surge la ciudad de la densificación (ciudad compacta), representada en el proceso de renovación urbana y el crecimiento vertical que caracteriza al centro de Santiago o comuna del mismo nombre, desde los años noventas cuando se pone en marcha el Plan de Repoblamiento (1992) y se aprueba un subsidio de renovación urbana para zonas centrales en procesos de obsolescencia urbana. El resultado del proceso, fue la consolidación del centro histórico como nodo funcional de la ciudad y como elección residencial significativa. A la fecha se han construido más de 500 proyectos inmobiliarios en el centro en 100 mil viviendas cuyo producto más ofertado y demandado, son los departamentos de superficies inferiores a 40m2 (Contreras, 2005, 2008, 2011). Lo anterior, no exento de críticas en términos de quiebres arquitectónicos en barrios residenciales de baja altura.
Desde los años noventas, la ciudad compacta acoge a una nueva demanda residencial representada en nuevas clases medias, profesionales y técnicas para quienes el centro se convierte en una opción residencial en una etapa de su ciclo de vida. La densificación y el crecimiento en altura de las áreas centrales debe situarse también, en un contexto socio-demográfico de reducción del tamaño de los hogares, de incorporación de la mujer al mercado del trabajo y del surgimiento de estructuras familiares diferenciadas del que resultan hombres y mujeres separadas, divorciadas, mujeres solas con hijos, padres solos con hijos, entre otros sujetos sociales para quienes el centro de Santiago en los últimos veinte años se convierte en una elección residencial significativa. Más aún, la densificación y la consolidación de un Santiago compacto emerge también, como resultado de iniciativas privadas y particulares que ven en el reciclaje de antiguas construcciones nuevas formas de elección residencial central y de anclaje a espacios históricos y centrales. Este proceso de recuperación del patrimonio residencial en obsolescencia es característico de barrios centrales como Bellas Artes, Lastarria, Brasil y Yungay. Ahí, se concentran élites artísticas y culturales para quienes el centro y determinados barrios constituyen nuevas formas de anclarse al espacio metropolitano y desde el cual, tienen mayores libertadas en sus prácticas de movilidad. La reconversión del centro de Santiago resulta también, de proyectos de recuperación de espacios públicos, de generación de una nueva oferta comercial y cultural que pone en relieve no sólo las elecciones residenciales de las nuevas clases medias “urbanitas”, sino que también refuerza la jerarquía urbana del centro histórico de la ciudad. A este proceso de cambio socio territorial del centro, se une también la llegada de migrantes latinoamericanos que ocupan las zonas tugurizadas y hacinadas del espacio central (Contreras, 2011).
Finalmente, la lectura de las tres formas de crecimiento de la ciudad por expansión discontinua, expansión y densificación nos hablan de un nuevo escenario metropolitano donde dichos procesos convergen simultáneamente, “pero donde las relaciones y la forma expresan una predominancia de los procesos de dispersión discontinua lo que construye la nueva área metropolitana de Santiago (NAMS) extendida más allá de los bordes formales de la ciudad, configurando un nuevo mapa de la Región Metropolitana de Santiago” (Figueroa y Rodríguez, 2005).
Fig. 3. La Nueva Área Metropolitana de Santiago “NAMS”.

Fuente: Figueroa y Rodríguez, 2005.
3.2. Expansión urbana desordenada
El rol de las políticas urbanas y los instrumentos de planificación constituye otro de los elementos escasamente reconocidos por los autores como decidores de los procesos de movilidad y en el patrón segregado que adquiere la ciudad central en los últimos treinta años. Uno de los elementos más cuestionados, refiere al rol arbitrario de la autoridad en el uso de sus instrumentos de planificación territorial y en el establecimiento de límites al crecimiento urbano: “la autoridad a través de una regulación puede distorsionar los precios del suelo y que las expectativas de las personas respecto de la conducta de la autoridad también afecta los precios del suelo. Lo grave de ello, radica en que al aumentar el precio de suelo se incrementa el precio de la vivienda y, en consecuencia se hace más inaccesible para los sectores de menores recursos” (Instituto Libertad y Desarrollo, 1994 ).
Desde finales de los años setentas, el desarrollo urbano de la ciudad de Santiago ha quedado supeditado a la radical liberalización de los mercados de suelos teniendo fuertes impactos en términos de precios de suelos, distribución y relocalización residencial de los segmentos de más bajos ingresos -que habían crecido en zonas de altos ingresos antes del golpe (Sabatini, 2000)-, generación de nuevos frentes inmobiliarios para las clases medias con movilidad social ascendente y por ende, segregación residencial en Santiago. De ahí que aludamos a una expansión urbana desordenada poco planificada cuyos orígenes están asociadas a la Política Nacional de Desarrollo Urbano de 19790 siendo su principio de planificación básico: “el suelo urbano no es un recurso escaso”. De ahí, que la forma de crecimiento de la ciudad quedara supedita exclusivamente a los intereses del mercado inmobiliario y a las demandas residenciales de los segmentos de mayores ingresos.
Hay por tanto, una suma de políticas urbanas y habitacionales de relativa desregulación urbana en la ciudad de Santiago, que se expresan en dos aspectos: en primer lugar, en la apertura del límite urbano en los años noventas y, desde el 2003 en adelante en el crecimiento “regulado y controlado” más allá del límite urbano, a través de la declaración de las Zonas de Desarrollo Urbano Condicionado (ZODUCs) y proyectos de desarrollo urbano (PDUCs) (Figura 2) planificados por el Ministerio de Vivienda y Urbanismo (MINVU), en conjunto con otras instituciones del Estado. El principio básico que regirá la planificación y el crecimiento en expansión de la ciudad de Santiago estará sujeto a que quién construye tendrá que hacerse cargo de los costos de urbanización.
A esta planificación urbana descontrolada y desordenada se suman interesantes esfuerzos desde el año 2005 a través de la Nueva Política Habitacional (aún no aprobada) cuyos objetivos son reducir la escala de segregación socio residencial en la ciudad. Como parte de esta propuesta se exige que todo nuevo loteo debe pagar o ceder un 5% de su terreno para acoger viviendas sociales. Esto último, con el propósito de reducir la escala de la segregación y entregar mejores oportunidades de localización a los segmentos de bajos ingresos que buscan zonas bien conectadas, accesibles y con suficiencia de equipamientos educaciones, de salud, entre otros.
3.3. El resultado de la forma de crecimiento urbano: una desigual distribución social
Uno de los más activos responsables del proceso de expansión de la ciudad ha sido el Estado, a través de su Política Nacional de Desarrollo Urbano (PNDU, 1979) y sus políticas de construcción de viviendas sociales en áreas periféricas, aisladas y apartadas de equipamientos e infraestructuras de transporte pública. Desde finales de los años setentas hasta fines de los años ochentas, el Estado propició la erradicación de los segmentos de bajos ingresos que habitan en áreas de altos ingresos hacia nuevas o consolidadas áreas periféricas, propiciando así un paisaje segregación socioespacial muy importante, que incluso evoca la “coexistencia de dos ciudades de ignorancia mutua, e incluso de dos países” (Paquette, 2002:213).
Desde el centro hacia el oriente, llegando al piedemonte de la Cordillera de los Andes se extiende la ciudad de los ricos y privilegiados. Viviendas de lujos, algunos barrios exclusivamente residenciales y otros más heterogéneos como Providencia y en menor medida Las Condes, constituirán el paisaje del denominado “cono oriente de altas rentas”, representado en color marrón en la Figura 4 y clasificados como estratos socioeconómicos “ABC1”. Esta condición histórica de enclave socio-geográfico se estimula aún más desde la década de los ochentas y con más fuerza en los años noventa cuando están áreas residenciales exclusivas acogen nuevas centralidades urbanas representadas en los shoppings centers o en los malls. A lo anterior, se suma la construcción de la autopista “Costanera Norte” en el 2001 que conectará la zona más rica con el aeropuerto internacional en “efecto túnel”, reduciendo así las oportunidades de dichos habitantes de conocer otros sectores de la ciudad.
Fig. 4. Una desigual distribución sociogeográfica en Santiago Central. Distribución de los hogares según nivel de ingresos.

Fuente: Observatorio de Ciudades Pontificia Universidad Católica de Chile.
Hacia el oeste, norte y sur la dinámica socio demográfica será distinta y más difícil de describir, especialmente porque en los últimos años y asociados al aumento en el nivel de ingresos el paisaje de algunos puntos cardinales de la ciudad central tiende a modificarse. En rasgos generales, la zona occidente o poniente estará representada en la localización de segmentos de bajos ingresos (D y E) siendo las áreas más representativas las comunas de Cerro Navia, Pudahuel y hacia el sur, La Granja, La Pintana y Puente Alto. Todos ellos fuertes concentradores de la política de vivienda social y del proceso de erradicación que iniciara el gobierno militar durante los años ochentas. Importante destacar aquí, que las zonas pericentrales del poniente, norte y sur de la ciudad, enfrentan interesantes procesos de reconversión urbana y densificación en altura plasmada a partir de la construcción de edificaciones en altura, que entregan oportunidades de localización residenciales a los segmentos de ingresos medios y medios bajos. Hacia el norte, principalmente la zona periférica el paisaje socio residencial cambia radicalmente en los años noventas. Territorios como Quilicura y Huechuraba (Figura 2) acogen un número importante de nuevas construcciones tipo “viviendas aisladas o continuas con jardín”, fuertemente demandas por clases medias con movilidad social ascendente. Se suma a este proceso la comuna de Peñalolén localizada en el área suroriente de la ciudad.
La descripción general de la ciudad central y de las áreas periféricas se resume en la Figura 4. Ella develará la dispersión social de las nuevas clases medias en casi toda la ciudad central y pone en tensión las características que permiten diferenciar las prácticas cotidianas, orígenes, trayectorias residenciales y formas de anclaje de dichos grupos. A la fecha no existe consenso respecto a los elementos que permiten diferenciar a las nuevas clases medias. En Chile, las clases medias son designadas con las siglas “C2” (clases medias altas) y “C3” (clases medias bajas) y están representadas en la Figura 4 con colores rojizos y anaranjados.
Lo interesante de la Figura 4 es que el centro de Santiago se distingue por su mezcla socio-residencial. En los últimos años, se revela como un mosaico socioresidencial donde convergen no sólo clases medias con movilidad social ascendente, élites artísticas y culturales, sino también nuevos pobres urbanos, especialmente migrantes latinoamericanos para quienes el centro se convierte en un nodo residencial significativo en sus trayectorias y recorridos residenciales.
3.4. ¿Reduciendo la escala de la segregación residencial?
La diferencia que se produce en la ciudad de Santiago es la expansión de los segmentos de altos ingresos es en alta densidad; de ingresos medios en mediana y alta densidad (áreas centrales) y la expansión de los pobres en alta densidad, a menudo más alta que en los espacios centrales. Al proceso de expansión de la ciudad se suma el rol del mercado inmobiliario privado, quién a través de una política de desregulación urbana ha construido viviendas en zonas periféricas que hace diez años eran parte de los territorios rurales de la Región Metropolitana de Santiago. El resultado de la forma de expansión de la ciudad es la existencia de una ciudad geográfica y socialmente segregada como se expuso en la Figura 4.
Una de las primeras causalidades del cambio en la escala de la segregación en Santiago es el surgimiento de los barrios cerrados (gated comunities) para segmentos de medios y medios altos ingresos (C2) con movilidad social ascendente, que buscan acercarse a las zonas ocupadas por los sectores ricos o bien, colonizan zonas rurales y/o agrícolas próximas a barrios pobres. Dentro de este escenario emergen comunas antiguamente rurales y de fuerte estigmatización social y que hoy son parte de la ciudad central: Peñalolén y Huechuraba (Figura 2). En ellas convergen actualmente estratos de bajos ingresos con nuevas clases medias con movilidad social ascendente, tal como verificamos para el centro de Santiago (Contreras, 2011).
El cambio en el patrón de segregación y la expansión continua y discontinua de la ciudad fomenta el surgimiento de centros comerciales, malls y megaproyectos residenciales en zonas más apartadas de la ciudad, amparados en la expansión de autopistas urbanas, en el aumento en el nivel de ingresos de los hogares y en el aumento en la tasa de motorización de 0,35 en 1991 a 0,48 vehículos por hogar en el 2006 . “Dentro de estas áreas de mercado suelen quedar incluidos barrios pobres que, por sí mismos, no podrían sustentar los comercios y servicios de alto nivel de los mega-proyectos. Estas dos tendencias tan distintas de cambio en la escala de la segregación empujan hacia una diferenciación de la situación urbana al interior de los grupos pobres, y hacia ciudades más complejas que requieren políticas urbanas y de control de la segregación más específicas y variadas” (Sabatini et al, 2001: 34-36).
3.5. Una movilidad intraurbana “por contigüidad sociogeográfica”
Los debates actuales tienden a identificar además, dos elementos claves a la hora de resaltar el fenómeno de movilidad en el marco de un crecimiento urbano marcado por la expansión, la reurbanización y la expansión discontinua (Figueroa y Rodríguez, 2005). El primero de ellos, refiere a una relación positiva y biunívoca entre movilidad y nivel de ingresos. Los antecedentes derivados del último Censo de Población y Vivienda (2002), reconocen un mayor porcentaje de movilidad en los quintiles socioeconómicos de ingresos altos situación contraria con los quintiles más bajos (Herrera, 2007) donde el acceso a la propiedad de una vivienda social tienden en muchos casos a traducirse en “inmovilidad” y mayor asentamiento residencial. Un segundo factor refiere a la intensificación de las diferencias socioespaciales como consecuencia de la movilidad. Algunas investigaciones (Valenzuela y Herrera, 2003; Rodríguez, 2007; Escolano y Ortiz, 2007; Herrera, 2007) concluyen que las personas se mueven por contigüidad sociogeográfica, generando con ello nuevas formas de polarización del espacio residencial y cambios en la escala geográfica de segregación. Por el contrario Sabatini et al (2001) reconocen una ruptura del patrón de segregación tradicional de las ciudades chilenas, donde la “escala geográfica de la segregación está disminuyendo en las áreas de mayor dinamismo inmobiliario privado, y está aumentando en las áreas donde están asentándose las nuevas familias de bajos ingresos” (p.8).
Se reconocen además, patrones de movilidad intraurbana diferenciados, por cuanto existen comunas que diversifican sus destinos u opciones residenciales, especialmente las comunas de la periferia compacta (Huechuraba, Peñalolén, Quilicura, Puente Alto, Maipú) (Trivelli, 2006; Rodríguez, 2007). En paralelo, un conjunto de comunas tienden a generar “pares reflejos” (Escolano y Ortiz, 2007:59) en términos de capturar una demanda residencial de ingresos similares al preexistente (Las Condes, Vitacura, entre otras). Estos pares reflejos tienden a concentran un gran número de condominios y urbanizaciones cerradas, “muchos de los cuales, corresponden a la tipología barrios cerrados de acceso exclusivo y cuyos residentes se movilizan a ellos en búsqueda de un sello distintivo por habitar en su interior” (Hidalgo et al, 2007:7).
Finalmente, esta dinámica de movilidad residencial según contigüidad geográfica y socioeconómica (Valenzuela y Herrera, 2003; Rodríguez, 2007; Escolano y Ortiz, 2007; Contreras y Figueroa, 2005) ha sido avalada por el mercado inmobiliario, a través de la generación de nuevos frentes de desarrollo en comunas que histórica y tradicionalmente había capturado a grupos socioeconómicos de bajos ingresos. Las inmobiliarias han construido viviendas en amplios terrenos con estrategias efectivas de marketing que logran posicionar los nuevos desarrollos en el mapa mental de este estrato (Trivelli, 2006). Finalmente y tal como expusiéramos en páginas anterior el patrón de crecimiento de la ciudad está fuertemente sustentado en el mejoramiento vial y la ampliación y el aumento de las carreteras de alta velocidad (muchas de ellas pagadas) las cuales modifican los tiempos de desplazamiento hacia el centro y oriente de la ciudad, elevando significativamente el interés de segmentos de la elite (familias con niños) por predios localizados en comunas pobres (Rodríguez, 2007).
3.6. Construyendo “la ciudad del temor”
A la imagen de una Santiago segregado socio-residencialmente se une la sensación de habitar en espacios de inseguridad. Dicha imagen responde en primer lugar, a las necesidades de los segmentos medios altos y altos de aislarse buscando diferentes medidas de seguridad todas ellas reflejadas en la figura de las gated comunities, en la ciudad enrejada, en la ciudad cárcel desde la perspectiva de Mike Davis, entre otros calificativos que nos hablan de ciudadanos temerosos del otro y temerosos de la forma de ciudad que vamos construyendo. En segundo lugar, la “ciudad del temor” es construida por un mercado inmobiliario que se siente responsable de reproducir productos inmobiliarios que entreguen tranquilidad a los temerosos santiaguinos.
Hemos observado en páginas anteriores que para algunos autores aumenta la segregación y la distancia entres los ricos y pobres (Rodríguez y Winchester, 2001) configurando con ello una ciudad dual y fragmentada (De Mattos, 2002; Rodríguez, 2007). Para otros autores en cambio (Sabatini et al, 2001), asistimos a una reducción en la escala de la segregación, especialmente a través de la construcción de gated comunities. Los dos fenómenos descritos están ocurriendo de manera simultánea en distintas partes de la ciudad, lo que ha contribuido a generar una diversidad de situaciones de segregación: hay sectores en que se está ampliando la escala de la segregación, hay otros en que está disminuyendo, y otros que, habiendo sido rurales, en la medida que acogen vivienda social se están convirtiendo en zonas de alta segregación. Esta diversidad de situaciones en muchos casos, enfrenta a las personas a situaciones de proximidad con el otro que les eran desconocidas, ante las cuales la primera reacción tiende a ser la desconfianza, el miedo, y en términos físicos, el amurallamiento o enrejamiento.
Diferentes autores (Rodríguez, 2001; Dammert y Lunecke, 2003, Dammert, 2004) y entrevistas públicas realizadas por empresas privadas, por la prensa escrita o por los medios de comunicación, revelan la sensación y percepción de miedo de los santiaguinos. Muchos de los habitantes de la ciudad tienen temor a cruzar ciertas zonas de la ciudad que forman parte de un imaginario negativo tejido históricamente. También tienen temor a ser víctimas de delito, ya sea en la calle o dentro de sus hogares. Es una constante, que Santiago a pesar de ser calificada como una de las ciudades más seguras de América Latina, prevalece un sentimiento de inseguridad relacionado con la violencia delictiva que se extiende al sistema institucional político y económico” (Rodríguez, 2001).
Las últimas encuestas realizadas por el Instituto Nacional de Estadísticas INE[3] tanto en Santiago como en otras áreas metropolitanas del país, revelan que entre los años 2005 y 2010 disminuye la proporción de personas que percibe que la delincuencia aumentó. Sin embargo, queda la sensación de que la prensa escrita, la televisión y otras encuestas infunden el temor y propician a la población a adquirir diferentes medios tecnológicos que les den tranquilidad y seguridad.
La encuesta realizada por Fundación Paz Ciudadana entre diciembre del 2010 y junio del 2011, revela un aumento en el porcentaje de victimización por delitos de robo o intento de robo, especialmente en la zona sur-poniente de Santiago donde habitan segmentos de ingresos medios y bajos. A esto último, se suma el aumento en el índice de temor de los segmentos de más altos ingresos y de las clases medias con movilidad social ascendente localizadas en los barrios cerrados.
El resultado final, es la recreación de una “ciudad del temor”, especialmente en las zonas residenciales nuevas y consolidadas de altos ingresos. Se recurre por ende, a las empresas privadas de seguridad, a enrejar las viviendas, controlar sus accesos, organizarse entre vecinos, entre otras medidas que nos hablan generalmente de un Santiago atemorizado. Muchos santiaguinos no conocen lugares tradicionales de la ciudad, especialmente algunos localizados en pleno centro tradicional o en áreas pericentrales por considerarlos peligrosos, tal como se expone en la Figura 5. Estamos por ende, sentando las bases de un Santiago del temor, siendo que las estadísticas y rankings internacionales nos hablan de un Santiago seguro, de un Santiago tranquilo.
Fig. 5. Las 17 esquinas más peligrosas de Santiago

Fuente: http://ciperchile.cl/wp-content/uploads/multimedia/multimedia_delincuencia/portada_delincuencia.html
Notas
[1] La Región Metropolitana de Santiago, una de las 15 regiones del país, comprende 52 comunas (urbanas y rurales). En ella está contenida el Área Metropolitana de Santiago, territorio urbano que abarca 32 comunas de la Provincia de Santiago más San Bernardo y Puente Alto.
[2] El Instrumento de Planificación Territorial que regula la forma de crecimiento de la ciudad central, así como de todas las comunas que comprenden la Región Metropolitana de Santiago (R.M.S.) se denomina “Plan Regulador Metropolitano de Santiago” (PRMS), aprobado en 1994. Es un instrumento de planificación que regula los usos y densidades de ocupación del territorio. Su principal gestor es el Ministerio de Vivienda y Urbanismo (MINVU).
[3] Instituto Nacional de Estadísticas, INE (2011). VII Encuesta Nacional Urbana de Seguridad Ciudadana (ENUSC) 2010.
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